La causa de mi insomnio... Tú

domingo, 6 de marzo de 2011

Ella

Ella. Rubia. Un rubio casi blanco… Y una raíz aparentemente casi negra. Aunque no fuese nada más que un engaño óptico, para nada su pelo era casi negro… De hecho era rubio ceniza… Pero aun así, un rubio demasiado oscuro para ese rubio casi blanco. Piel blanca. Cuerpo extraño debido a ciertos problemas con sus costumbres alimenticias. Ojos marrones. Dos tonos de marrón, para ser más exactos. Altura media. Trabajo, si es que acaso se le puede llamar así, para nada normal. La niña de sus papas… La esclava de sus vicios.
Estaba en la cama, aunque en realidad hasta hace dos segundos no se había dado cuenta de que aquella era su cama. Estaba en la cama, con un extraño, que hasta hace dos segundos era un hombre que la proporcionaba placer, y ahora un extraño vicioso que debía irse ya de su casa. Estaba en la cama aun, allí, con el extraño de pelo negro encima, sin ropa y algo sudada… Dejándose hacer, para poder tirarlo de su cama en cuanto este hubiese acabado y así conseguir, a ser posible disimuladamente, que se marchase… Dejándola sola con sus amos. Estaba en la cama, y el cansancio y las sustancias toxicas hacen que su atolondrado y perdido cuerpo, caiga en manos de un profundo sueño.
Se despierta. El extraño de pelo negro sigue en su cama, al lado suyo… Eso solo hace que sienta más asco de si misma. Se levanta y va al baño. Se inspecciona frente a ese enorme espejo que hay en la ducha, mientras el agua moja su extraño cuerpo y las puntas de su quemado pelo. Sale del baño envuelta en una toalla y va a la cocina. Carga una taza de café un vaso de agua. Vuelve a la habitación y vierte sobre el extraño de pelo negro el vaso de agua. Un salto y muchos gritos que retumban en su dolorida cabeza y extraño cuerpo. Tras varios insultos, el extraño de pelo negro se marcha. Se sienta en la mojada cama, mirando a la gran nada de su desordena habitación blanca, mientras bebe ese amargo café que solo le da más ganas de vomitar.
Cuando la última gota termina de pasar por su garganta, deja la taza en su mesita de noche, y aun envuelta en la toalla, empieza a buscar algo en las mesitas. En concreto busca dos cosas. Algo que va a calmar su cuerpo, y algo que va a calmar su mente. Pronto encuentra su calmante físico… Pero cuando su calmante psicológico no aparece, la paranoia la inunda… “Ese maldito extraño de pelo negro se la habrá guardado mientras dormía, y se la ha llevado” piensa. Se levanta y, casi prácticamente, metiéndose en el armario busca algo de ropa y se viste. Coge las llaves, el dinero que la es necesario y sale de la casa haciéndose una coleta. Entonces llama al ascensor, bajar desde el ático de un edificio de ocho pisos, en ese momento le da más pereza de lo normal. Tarda. Tarda mucho. No sabe si es su impaciencia o que en realidad el ascensor está tardando más de lo normal, pero ahora se haya bajando a pie los ocho pisos, y todas las escaleras que eso conlleva.
Esta ya abajo, en la calle. El sol la ciega, pero eso no la impide recorrer el camino que ya tan bien ha memorizado. Cuando esta apunto de llegar a ese lugar, a esa esquina, empieza a disipar de lejos a ese hombre con traje apoyado en la pared.
Quien no supiese cual es su trabajo, diría que es un hombre respetable. Un empresario respetable… Aunque con un tipo de empresa distinta a la que cualquier pudiese imaginar. Diría que es un hombre con pareja estable… Alguno incluso se atrevería a decir que es un hombre casado, y con hijos probablemente. La verdad es que sería difícil de averiguar por la multitud de anillos que lleva.
Se acerca a él, “¿Lo de siempre?” pregunta. Ella solo asiente. “¿La misma cantidad?” vuelve a preguntar. Ella solo asiente, y realizan su pequeño intercambio. Se aleja de él, y con la misma prisa pero con mucha más tranquilidad, vuelve a recorrer ese camino que ya tan bien ha memorizado para volver a su casa.
Llega a su edificio y pulsa el botón del ascensor. Se lleva las manos a los bolsillos de los vaqueros mientras espera. Palpa con las manos esas dos bolsitas, una en cada bolsillo. Esas dos bolsitas que tan feliz le hacen.
Echa la cabeza hacia atrás, mira el limpio techo unos instantes, y cierra los ojos dejando que se la escape un suspiro cansado. Esa la vida la estaba matando… Y literalmente además… Pero no se sentía capaz de hacer nada por evitarlo… Y ahora es demasiado pronto para contar como se siente y debatirse internamente. Vuelve a palpar las bolsitas de plástico, y una pequeña sonrisa se dibuja en su cara.
Uno de sus vecinos, o al menos supone que lo es ya que no conoce a ninguno de sus vecinos, entra al portal haciéndola volver de su ensoñación, quedando cabizbaja. El vecino la saluda con un amable “Buenos días”, ella le mira de reojo y suelta un ronco “Eh…” El vecino la mira de arriba abajo, la mira mal… La hace una radiografía con la mirada más bien. Entonces pone cara de haber comprendido algo, y su expresión pasa de manera gradual de desagrado por su poca educación, a pena. Al parecer todos los problemas que había causado, con su más que múltiples fiestas, no habían hecho que todo el vecindario la odiase… Al parecer sentían pena por ella.
Esperaban uno al lado del otro el ascensor. Ella no le había vuelto a mirar después de su particular saludo, el vecino en cambio seguía haciéndola mini radiografías de reojo. Por fin llega el ascensor. Abre la puerta metálica y el vecino la cede el paso. Este entra detrás de ella dejando que la puerta se cierre por su propio peso, y pulsa dos botones, el del que debe ser su piso, y del ático. Sí, definitivamente no tiene una buena fama en el edificio. Pero es lo que tiene tener una vida como la suya.

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